Tu etiqueta NFC no responde pegada al metal, y no está rota
La despegas, la pruebas en la mano y funciona. La vuelves a pegar y nada. Es el metal, y es probablemente la causa número uno de etiquetas NFC dadas por muertas.
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Pegas una etiqueta NFC en la caja registradora y no responde. La despegas, la pruebas en la mano y funciona a la primera. La vuelves a pegar y otra vez nada.
No está rota y no la has estropeado al pegarla. Es el metal, y no es un problema de intensidad: no responde en absoluto. Esta es probablemente la causa número uno de etiquetas NFC dadas por muertas.
Por qué el metal la mata
Una etiqueta NFC no tiene batería. Toda la energía que necesita se la da el móvil, en forma de un campo magnético que la antena de la etiqueta —una espiral de cobre— convierte en corriente. Ese campo es lo que la enciende y lo que le permite contestar.
Cuando hay metal justo detrás, pasan dos cosas y las dos son malas:
- El metal se lleva la energía. El campo induce corrientes en la placa metálica, y esa energía ya no le llega a la etiqueta. Se queda sin lo poco que necesitaba para despertarse.
- Y desafina la antena. La espiral está calculada para resonar a 13,56 MHz. Una masa de metal pegada detrás cambia esa frecuencia, así que aunque llegara algo de energía, la etiqueta ya no está escuchando donde el móvil habla.
Por eso el resultado no es «lee peor» ni «hay que acercarla más». Es silencio.
La solución tiene nombre: on-metal
Existen etiquetas fabricadas para esto. Se venden como «on-metal» o «anti-metal», y lo que llevan es una lámina de ferrita entre el chip y el adhesivo. La ferrita canaliza el campo magnético y hace de aislante: el metal deja de robar energía y la antena vuelve a resonar donde debe.
Hay que saber tres cosas antes de comprarlas:
- Cuestan más. Bastante más que una pegatina normal, porque llevan una capa extra.
- Leen a menos distancia. Es normal y no es un defecto: hay que acercar más el móvil y apuntar mejor.
- Son más gruesas. Si el sitio donde va tiene poco hueco, mídelo antes.
El metal que no parece metal
Aquí está la parte que pilla a todo el mundo. «No la voy a pegar en metal» suele ser falso sin que uno se dé cuenta:
- Un portátil, un monitor, un electrodoméstico. Por fuera son plástico, por dentro llevan chapa y placas.
- La parte de atrás de un móvil. Aunque parezca cristal, debajo hay metal y bobinas de carga.
- Un espejo. Un espejo es cristal con una capa metálica detrás. Funciona exactamente igual de mal.
- Envases con lámina interior: tetrabriks, bolsas de café, blísteres de medicamentos.
- Mesas y mostradores con estructura metálica, aunque la superficie sea madera fina.
- Cerca de un imán, aunque no toque.
Regla práctica: si dudas, pega la etiqueta con cinta antes de pegarla de verdad, y pruébala en el sitio exacto. Treinta segundos ahorran un pedido entero.
Las salidas si no quieres comprar on-metal
Separarla del metal. Unos milímetros de aire, plástico, madera o cartón bastan a menudo. Un taco de espuma de doble cara de 3 mm resuelve muchos casos y cuesta céntimos. No es elegante, pero funciona.
Cambiar de sitio. El marco de plástico del aparato, el cristal de la puerta, un cartel al lado. La etiqueta no tiene por qué ir en el objeto: tiene que ir donde la gente va a acercar el móvil.
Poner un QR. A un código QR impreso el metal le da exactamente igual. Si el sitio es imposible, esta es la respuesta sensata, y además funciona en iPhone.
Y un aviso de compra
Hay vendedores que ponen «on-metal» en el anuncio y mandan etiquetas normales. Se nota enseguida —no responden pegadas al metal— pero se nota cuando ya has comprado cien.
Compra una sola para probar antes del paquete. Y si no sabes qué pedir exactamente, el asesor de compra pregunta dónde la vas a pegar y te da la frase literal para buscar en la tienda; es de las pocas herramientas que preguntan eso antes de recomendarte nada.
Si sospechas que el problema puede ser otro, antes de comprar nada lee la etiqueta que ya tienes en la pestaña de leer y comprobar: si en la mano responde y pegada no, es el metal casi seguro.